Vladimiro Mujica: El derrumbe de la Atalaya moral revolucionaria

La idea de la superioridad ética de los revolucionarios jugó un importante papel en atraer a toda una generación de jóvenes

El dilema al que se enfrentaron los paladines del chavismo fue imposible de resolver guardando algo de decoro cívico y político

A cuentagotas primero, y ahora en un torrente nauseabundo, se van acumulando las evidencias de una colosal conspiración para corromper los resultados de las elecciones venezolanas. Al uso abusivo de los recursos del Estado, se le une la coacción directa sobre los ciudadanos y la compra de voluntades en una operación que destaca por su concepción perversa y retorcida. No se trata de ningún modo de negar el considerable apoyo que Chávez y el chavismo tienen entre los venezolanos, pero en una contienda que se reveló muy pareja, el oficialismo eligió el ventajismo y el abuso para dirimirla.

 Al parecer el dilema al que se enfrentaron los paladines del chavismo fue imposible de resolver guardando alguna apariencia de decoro cívico y político. Confrontados con la imposibilidad de garantizar la continuidad de la revolución recurriendo al voto consciente de la gente, se recurrió a un operación de compra y coacción de voluntades que ha terminado por destruir toda apariencia de vigencia de los códigos morales revolucionarios.

Desde los tiempos de la revolución francesa, y en Latinoamérica especialmente después de la revolución cubana, se ha insistido en crear una atmósfera romántica de sacrificio del revolucionario entregado a una causa noble de reivindicación de la humanidad, supuestamente enfrentado a los obesos señores de la burguesía y el capitalismo, engordados por su propia avaricia y cebados en el hombre común.

La idea de la superioridad moral de los revolucionarios jugó un importante papel en atraer a toda una generación de jóvenes. No es la primera vez que cuento en estas páginas que provengo de un familia donde el comunismo y la política están ligados a mis más tempranos recuerdos. Con el tiempo la inmensa contradicción entre la prédica idealista y la práctica real de los regímenes comunistas me enseñó de manera muy dura a desconfiar profundamente de cualquier prédica política que nos llevara a elegir entre libertad e igualdad. Por eso mi disconformidad con la figura de Hugo Chávez como dirigente político y su movimiento cuando la fea cabeza del autoritarismo se anunciaba desde los primeros momentos del parto.

Pero hay algo que siempre le reconocí a los comunistas históricos, muchos de ellos amigos entrañables de mi padre, y era una sólida conducta ética individual y pública. Quizás el arquetipo de esa conducta fue para mí Eduardo Gallegos Mancera, un hombre singular por quien siempre guardé un profundo cariño, entre otras cosas porque mantuvo una preocupación constante por los hijos del viejo amigo. Cuando en algún momento se planteó que yo quería continuar estudios fuera de Venezuela, Eduardo le sugirió a mi madre que el podía ayudar, dado que yo era buen estudiante e hijo de un comunista, para que me fuera a la Unión Soviética. Quisieron las manos del destino, y quizás las mías propias, que terminara en Suecia, pero eso es otra historia. Su vida en la clandestinidad y las torturas sufridas en la cárcel fueron recogidas en una de la novelas de Miguel Otero Silva, La muerte de Honorio, en la historia de “El Médico”, uno de los personajes centrales de la obra.

Viene Eduardo a colación porque me encuentro releyendo una pequeña obra suya, titulada Las cualidades del dirigente, editada por el Partido Comunista de Venezuela y disponible en varios de los sitios web más connotados de la revolución como aporrea.com y plumayfusil.com. Al margen de las diferencias profundas en la concepción política que yo pueda tener con lo que allí está escrito, releo abismado algunos de los conceptos que se exponen sobre la moral de los dirigentes y que deben retumbar como las campanadas del Apocalipsis en los oídos de la corrupta oligarquía que se ha apoderado de los destinos de Venezuela. Algunas citas de la obra de Eduardo: “El dirigente tiene que ser honesto, integralmente honesto. La honestidad es indivisible.

Como he dicho en varias charlas, no se puede ser medio honesto, ni en la vida diaria ni en el actuar partidista: no hay medio ladrón, ni tres cuartos de ladrón. Hay solo ladrón. Y el robo no tiene atenuante. Hay que considerar únicamente agravantes, que decimos a este efecto es valedero en todas las circunstancias, en manejo de fondos del Partido, en el manejo de los fondos sindicales de las otras organizaciones en que se actúa”.

“Entre los fenómenos negativos que afortunadamente con poca frecuencia, aparecen en las filas del Partido y entre sus dirigentes, está el de la adulación y el mutuo elogio, que fácilmente se entrelazan. No es que debamos desconocer mezquinamente los méritos de tal o cual cuadro, pero sí desterrar todo lo que signifique excitar la vanidad del dirigente. No caben esas costumbres dentro de la moral comunista; cultivo de tal práctica conduce a cosas peores, por lo cual se tiene que atajar a tiempo”.

“Hay que decir al respecto que más culpable es quien se deja adular que el adulante mismo, pues a aquél se le supone de mayor rango en el escalafón partidista”.

Me imagino la pesadumbre de ánimo que debe acompañar a quienes siguen creyendo de corazón que hay algo bueno y trascendental en la revolución chavista. Ya era suficientemente grave que después de 14 años en el poder siguieran teniendo a medio país enfrentado. Ahora tuvieron que ganar hundiéndose en el excremento de la corrupción hasta las orejas. Malas nuevas para la moral revolucionaria que ve hundirse una sagrada Atalaya.

Importante punto de reflexión para quienes necesitan seguir encontrando razones para continuar transitando la senda democrática combinando la acción electoral y la protesta social para impedir el abuso. La historia nunca absolverá a quienes lo han corrompido todo por mantenerse en el poder.

 

 

 

 

 

 

 

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