Rafael Simón Jiménez: Del 4-F de 1.992 al 4-F de 2013, de la chapucería militar a la entrega y al saqueo del país

El 4 de febrero de 1.992 debería ser una fecha de ingrata recordación, incluso para quienes traicionando su juramento constitucional y sus deberes militares, pretendieron con nocturnidad, alevosía y sorpresa, asaltar el poder mediante un golpe de fuerza, cuyo saldo amén de decenas de víctimas inocentes, sirvió para demostrar la cobardía y la falta de destrezas bélicas con las que actuaron los sediciosos. El militarismo, es lo que el historiador Manuel Caballero calificó como la “peste militar”, y que se traduce en la distorsión de quienes tienen la encomienda de la sociedad de ser depositarios de sus armas para defender sus instituciones, su soberanía y su integridad territorial, y que traicionando esa elevada misión se abrogan un supuesto “destino manifiesto” que les impondría la tutela y la conducción de la República, lo que en el fondo implica un inmenso desprecio por los ciudadanos y por las instituciones que libremente estos se han dado para garantizar la estabilidad y la gobernabilidad democrática. En su momento, sátrapas de la talla de “chapita “Trujillo, Fulgencio Batista, Odria o Pérez Jiménez, invocaron estas tesis redencionistas para tratar de justificar su desmesurada ambición de poder tiránico. Más recientemente los gorilas genocidas militares del cono sur de la estirpe de los Pinochet, los Stroesner, los Videla o los Banzer, también pretendieron plantear que sus regímenes depredadores, tenían la misión de salvar a sus pueblos de la anarquía o el comunismo. En una sociedad democrática, no les está dado a los militares abrogarse el papel de redentores, porque su misión profesional, está subordinada al mando civil, y porque la civilidad moderna ha encontrado en la libertad, el ejercicio de la soberanía popular y la alternabilidad, la manera de corregir errores o perversiones de gobernantes, sin necesidad de recurrir a la brutalidad, la violencia o la fuerza. Por eso resulta un argumento falaz y deleznable, los supuestos ideales y los buenos propósitos que animaron a quienes la madrugada del 4 de febrero de 1.992 luego de más de diez años de conspiración y preparación de la intentona, irrumpieron tratando de asaltar las instituciones del estado. En su oportunidad los jefes del frustrado golpe de Estado, argumentaron que la galopante e impune corrupción, y la traición al país que se fraguaba en una pretendida entrega a Colombia de parte de nuestros derechos en el golfo de Venezuela, habrían sido los detonantes de su aventura castrense, felizmente frustrada cuando su jefe, el entonces desconocido comandante Hugo Chávez, sin explicación alguna corrió a refugiarse en las inofensivas instalaciones del Museo Militar, en la planicie, para ver desde allí como oficiales subalternos se batían tan bravía como equivocadamente en el asalto a la sede presidencial del Palacio de Miraflores, para al clarear la mañana y sin disparar un solo tiro, proceder a rendirse mansamente e instar a sus compañeros, la mayoría de los cuales al amparo de la sorpresa habían logrado sus objetivos, a imitar su gesto. Una ya muy desacreditada y deslegitimada democracia, y la acumulación de resentimientos y cuestionamientos en la inmensa mayoría de los venezolanos, produjo el insólito resultado de transformar una chapucería militar, devenida en cobarde entrega, en una referencia política, que pronto se convirtió al amparo de las bondades e ingenuidades de un sistema político moribundo, en opción de poder, para abrir de par en par las puertas del acceso democrático al poder, a quienes habían demostrado sólo seis años antes un olímpico desprecio por las prácticas y principios constitucionales. Estos catorce años de trágica, destructiva y malhadada gestión de gobierno, cumplidas por el golpista mayor y los capitanes, mayores y tenientes, que embaucados por éste lo secundaron el 4-F, han servido para demostrar lo falaz y mentiroso de los supuestos ideales que alentaron la intentona golpista. La corrupción existente al tiempo de la bufonada militar, que en verdad era mucha y reprobable, se ha quedado como una función de auténticos rateros y roba gallinas, frente al asalto continuado e impenitente que a los dineros públicos se ha cometido en casi tres lustros, y que ha permitido que humildes y desarrapados oficiales subalternos y un grupo de resentidos civiles que los acompañaron, hoy exhiban con impudicia y desvergüenza una riqueza mal habida, amparada por una impunidad, y un control del poder que favorece aun más el boato y la proliferación de lujos que muestran con la mayor inmoralidad. La supuesta entrega de la soberanía del país, que según dijeron debía materializarse en un acuerdo con Colombia gravoso para nuestros intereses y derechos territoriales, aunque indemostrado en su momento, hoy luciría como algo minúsculo frente a la entrega, la hipoteca y el desguace de Venezuela, lo que incluye un frustrado convenio que otorgaba a nuestros vecinos derechos sobre el golfo de Venezuela que superaban toda aspiración anterior de los granadinos y que fue felizmente frustrada por la denuncia pública que en su oportunidad hiciera uno de los miembros del equipo negociador venezolano de apellido Nieves Croes. La sumisión y el virtual gobierno que sobre Venezuela, ejerce la monarquía sátrapa de los hermanos Castro, nos coloca en una situación de coloniaje y vasallaje, peor incluso que la que teníamos antes del 5 de julio de 1.811. Nuestras disponibilidades económicas y nuestros recursos naturales, incluyendo la riqueza petrolera, está siendo regalada, dilapidada y malversada, en un sinfín de transferencias, dádivas y obsequios a países desacreditados o gamberros, mientras sobre nuestra tierra la pobreza, la inseguridad, la carestía, el desabastecimiento o el caos de los servicios públicos, impone un auténtico vía crucis a los venezolanos. A veintiún años del 4 de febrero de 1.992, ha quedado en evidencia que quienes con sorpresa, nocturnidad y muchas complicidades, pretendieron asaltar al poder por la fuerza, sólo escondían resentimientos, bajas pasiones, complejos, pero sobre todo una aún contenida adicción cleptomaníaca y entreguista, que iban a poder demostrarse cuando luego de su fracasada bufonería militar, una democracia agonizante y cojistranca, demostrando sus debilidades e ingenuidades les iba a permitir conquistar el poder por los votos, para protagonizar el saqueo y la entrega más descarada y grotesca que jamás había padecido Venezuela.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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